La vocación universitaria

La gran profusión de universidades y el crecimiento de la población universitaria en general en el mundo civilizado, puede conducirnos a obviar el verdadero sentido de la universidad, de la vocación y vida universitaria. El primitivo sentido de la universidad, que es muy recomendable recuperar, es el de conocer la universalidad del conocimiento humano -cosa no siempre ligada a la sabiduría, que como sabemos, la Universidad no suele dar, sino que se presupone puede ir consiguiendo al que ha ingresado en élla (A veces puede suceder al contrario, desgraciadamente)- y el de establecer en nuestra persona, en nuestro espíritu, un auténtico consorcio con la ciencia, el conocimiento y la sabiduría, que en último término debemos extraer de la propia vida, del contraste con la realidad y de su vivencia y, ¿por qué no decirlo?, de su sufrimiento, pues muchas de las verdades ideales, de lo que debe ser, como los principios del derecho, de la ciencia y la filosofía, no imperan fuera de las aulas porque sencillamente se ignoran o se desconocen aun en países con extensa tradición universitaria.

Eso nos debe conducir a llevar un régimen de vida muy ordenado y esforzado, con mucho tiempo dedicado al estudio y a la lectura, con una actividad muy orientada a la propia formación universitaria y profesional, bilingúe, trilingüe o políglota en algunos casos, y en los estudios más avanzados, multidisciplinar. Pero el universitario moderno también lo pasa bien, lleva una vida social más o menos intensa según se sabe organizar y viaja, todo ello actividades tan formativas como las propias asignaturas o plan de estudios.

Es por éllo por lo que antes de ponernos a cursar unos estudios o a profundizar en cada asignatura en concreto que se haya podido resistir a nuestro estudio por las múltiples razones que lo provocan, debemos revisar nuestros hábitos y técnicas de estudio, nuestra organización del tiempo y la base cultural o científica de la que partimos para conseguir prosperar en nuestros estudios.